La opera prima de este jóven director chileno nos muestra el camino de un detective. Un hombre común a quien en toda la película jamás vemos el rostro, nos lleva por el camino de su memoria. Teniendo como disparador una estatua que ve de casualidad en un documental, recuerda por primera vez en años a su padre, que ha fallecido hace mucho. Jorge parece haber perdido los recuerdos de su juventud, y de pronto desea recuperarlos.
Una narración con cámara en mano, en la que no conocemos la performance de los actores porque jamás logramos ver a ninguno más que como parte de la escenografía del lugar. Por otro lado un narrador que es nuestro protagonista pero que es omnisciente y narra en tercera persona, como si en vez de ubicarse en su cabeza lo hiciera sobre su hombro y lo siguiera a todos lados. De este modo, seguimos la lucha de Jorge por recuperar sus recuerdos. La memoria, sin embargo, es vaga y va saltando sin mucha coherencia de un asunto a otro; utilizando los monumentos que aparecían como fondo en sus recuerdos como disparadores.
De este modo, los recuerdos saltan de la medicina a la historia, y de la historia al fútbol, pasando por una encarnizada obsesión por uno u otro monumento en los que le molesta no saber a qué hacen referencia. El ritmo es lento pero tiene momentos marcados hasta llegar a un desenlace que es tibio pero cumple para cerrar un ciclo. Al final habremos armado el rompecabezas de la vida de nuestro personaje, y en base a sus recuerdos llenarlo de sentido. Hecha con una sóla cámara y en diferentes ciudades del mundo, en palabras del director buscar reflejar la soledad del pensamiento. Por eso no vemos directamente a ningún personaje: todos estamos solos cuando pensamos.
Si buscan una película clásica, este no es el caso. El ritmo es lento pero no carece de estructura. El verdadero protagonista son los escenarios de las diferentes ciudades que Jorge recorre a lo largo de su vida, en una recapitulación de recuerdos significativos. Sin embargo, no hay respuestas al final del camino. O al menos no las que uno les gustaría. Todo resulta vago e insuficiente, como nos pasaría a cualquiera de nosotros si nos forzáramos a recordar detalles de episodios que vivimos hace décadas. Nuestra historia en ese caso resulta en un reflejo de cómo usamos nuestras neuronas. Una película festivalera hasta la médula, y nada tradicional. Sin embargo, introspectiva y entretenida, aparece bien perfilada para la Competencia Latinoamericana.
* “Rastreador de estatuas» de Geronimo Rodriguez forma parte de la Competencia Latinoamérica de la 30° edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

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