Después de una primera parte polémica tanto por sus escenas de sexo explícito como por sus posteriores idas y venidas con la directora y los guionistas, llega la segunda parte de la saga de Cincuenta Sombras. Un año más tarde de lo planeado, la franquicia intentó mantenerse fiel a los fans de los libros mediante la utilización de un guión de E.L. James, autora del best seller. Por otro lado, Sam Taylor-Johnson dejó paso en la dirección a James Foley. Este cambio se nota, y no precisamente para mejor.
Pero vamos por partes. Dejamos la historia en la primera parte con una Anastasia (Dakota Johnson) furiosa que ha dejado a Christian Grey (Jamie Dornan) por ser demasiado violento, pero no ha dejado de pensar en él. El millonario decide que quiere volver, por lo que realiza una serie de pasos que muchos calificarían como sencillo acoso para buscarla. A pesar de sus quejas, ella parece olvidar todos sus argumentos y lo acepta. Las cosas pasaron los límites del juego sexual y ahora Christian intenta controlar cada aspecto de la vida de su novia, disfrazándolo de cuidado y amor. Una relación enfermiza por donde se la mire. Dejen de venderles esto a las adolescentes como una relación sana y normal, hagan el favor.
Vemos este personaje chato que parece no tener reacción frente a situaciones que enfurecerían a cualquiera, interpretado por una actriz que es inexpresiva la mayor parte del tiempo. Jamie Dornan, por su parte, es un actor competente pero que no puede hacer mucho por sí solo. El guión se sucede inusualmente rápido. Para dar una idea: en un lapso de tres días ocurre un acoso laboral, un intento de homicidio, un accidente de helicóptero, un baile de caridad, un paseo en yate, y una fiesta de cumpleaños. Este error ya aparecía en el libro, que podía perdonarse gracias al ritmo que imprimen los capítulos escritos, pero resulta demasiado para una película. El cambio de guionista es evidente.
El fuerte de la primera parte, los hermosos planos creados con cuidado por el director de fotografía Seamus McGarvey también han cambiado. Si bien no es un desastre, el trabajo de John Schwartzman no se destaca como lo hacía el de su antecesor. Las escenas de sexo, que eran cuidadas y delicadas, ahora se tornan más groseras sin ser necesariamente eróticas. En parte es culpa de la mala actuación de Dakota Johnson, que exagera su placer a un nivel irreal y acaba gritando como si estuviera en pleno trabajo de parto. Una vez más, lo más destacado es la banda sonora original, que cuenta con artistas de primera línea del pop internacional.
Si tenemos que poner en la balanza, los cambios en la mayor parte de los puestos importantes de la producción han perjudicado el resultado final. El guión no sólo ocurre demasiado rápido, sino que muchos momentos ocurren repentinamente y sin ningún tipo de explicación lógica. Intenta demasiados arcos argumentales pero no llega a profundizar ninguno, despojando a la historia de emoción. Si bien la música y la fotografía siguen estando bien, esta última ha empeorado, en especial respecto a las escenas más polémicas. Con todo esto, quizá sea pertinente preguntarnos qué ocurrirá con la tercera parte.
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