El director chileno Che Sandoval vuelve a las andanzas con su mundo oscuro e hiperrealista. Engancha con su obra anterior, de 2008, titulada «Te crees la más linda pero sos la más puta«, y en esta película seguimos al misterioso amigo del protagonista de aquella época.
Ahora conocemos a Cristóbal (Sebastián Brahm), un cuarentón dueño de una Pyme que no vale ni dos pesos. Su esposa consigue una beca para estudiar en Barcelona y deciden qué toda la familia se trasladaría. Pero a último momento se arrepiente y obstaculiza el viaje de sus hijos, pero ni de ellos se hace cargo. Reportado como desaparecido, cae en un divague por la ciudad buscando sexo. Cualquier bondi lo deja bien, pero como cobarde que es acaba sin tomar ninguno.
Cristóbal, apodado El Naza en burla por su hijo Camilo, es sin duda un misógino. Sin embargo, en esta película las mujeres mandan y tienen el control, hasta que la pobre piltrafa de hombre ya no es un hombre. Lo extraño es que nuestro protagonista no recorre el típico camino de arrepentimiento y redención. No es un antihéroe, sino un villano con todas las letras. Cada oportunidad que tiene para hacer algo bueno, va a tirarla conscientemente a la basura. Y la gente va a seguir dándole oportunidades, y él va a seguir arruinándolas.
Por favor, ¡cuánto odio a El Naza! Y dan ganas de tomarlo de los hombros y sacudirlo al grito de «reaccioná». Pero seamos justos, si un actor es capaz de generarnos algo tan intenso como el odio, es porque algo debe estar haciendo bien. La clave está en la identificación, y allí radica el hiperrealismo. ¿Cuántas mujeres dieron una oportunidad y se la escupieron en la cara? ¿Cuántos hombres lo arruinaron como idiotas? ¿Y viceversa? Probablemente lo odiamos porque nos hace sentir tan estúpidos cómo él.
Por otro lado, lo bueno de las actuaciones queda opacado por lo monótono del guión. Con algunos matices, los episodios penosos de la vida de Cristóbal se repiten una y otra vez. Incluso en el clímax, el furtivo encuentro con su hijo Camilo, un chico de trece años increíblemente más coherente que su padre. Además, lo cerrado de los diálogos le quita puntos a la historia. Probablemente es una película que se aprecia mejor en una segunda vista, porque la primera estaremos más inmersos tratando de descifrar qué están diciendo. Es un error hablar en una jerga tan cerrada que nadie más allá de Chile pueda entender a la primera.
Podemos esperar una dosis de la triste realidad de un director que le pone a las películas estos títulos tan particulares. Si querés reflexionar sobre todo lo que hiciste mal en la vida y meterte los dedos en las llagas, está es tu película. Pero si te gustan los finales felices, o directamente si te gusta Hollywood; quédate en tu casa. No es una película para hacernos sentir bien, sino al contrario. Aún no defino si la odio por mostrar cosas tan horribles o la amo por generar algo tan intenso en el espectador. Pero es seguro que no dejará a nadie indiferente.
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